Halloween, fiesta del mal. ¿La llevamos a la escuela?

Halloween, fiesta del Mal por antonomasia

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Halloween, también conocida por “Noche de Brujas”, es una festividad pagana de origen celta, que se celebra principalmente en los países anglosajones. Se remonta a hace más de 2500 años, cuando los pueblos indoeuropeos establecidos en las islas Británicas, celebraban la finalización de la temporada de cosechas. Ese día, el 31 de octubre, el ganado se llevaba de los prados a los establos para el invierno. Los antiguos celtas creían que en esa fecha los espíritus podían salir de los cementerios y apoderarse de los cuerpos de los vivos para resucitar. Para evitarlo, ensuciaban las casas y las “decoraban” con huesos, calaveras (de ahí viene la calabaza en EE.UU.); y demás cosas desagradables, de forma que los muer tos pasaran de largo asustados. Por este motivo, a día de hoy, los hogares se decoran con motivos siniestros en la víspera de la festividad de todos los Santos.

La celebración de Halloween fue exportada a Estados Unidos por emigrantes irlandeses en el siglo XIX (año 1846); donde quedó fuertemente arraigada y desde Norteamérica, a finales de los años 70 y principios de los 80, se extendió al resto del mundo, gracias al cine y a las series de televisión.

Solemnidad de origen pagano donde se rinde culto al ocultismo y a la muerte

Una celebración en la que los ingenuos progenitores, muy contentos, el 31 de octubre, disfrazan a sus hijos de monstruos, muertos, duendes, brujas y demonios. “Es una tradición antigua” –afirman, pero, ¿qué es realmente Halloween?
De acuerdo al calendario internacional de brujos y satanistas, esta fecha es su festejo más importante. En este tiempo son sacrificados miles de niños (o gatos en su sustitución); quienes son secuestrados con anterioridad, para ser torturados, descuartizados y hasta quemados en sacrificios, todo ello en honor al Señor de la muerte: el Diablo.

“Se eligen preferentemente niños, porque son los que aún no han pecado y son los preferidos de Dios” –comenta Cristina Kneer de Vidal, natural de México, que convivió con miembros de la iglesia de Satán.

Durante el día de Halloween se cometen más crímenes y actos tenebrosos que ningún otro día del calendario estadounidense. Es algo más que una buena oportunidad para divertirse y hacer dinero; es algo más que recordar una oscura tradición pagana muy anterior al cristianismo; Halloween es el día más demoniaco, la noche de las brujas o del terror, la fiesta de las fiestas en el calendario satánico, una solemnidad pagana donde se rinde culto al ocultismo y a la muerte.

“Es –como dice Cristina Kneer, antigua satanista convertida al catolicismo, –como si se celebrase el cumpleaños del Diablo”, el inicio del nuevo año satánico.

“La noche de Halloween no debe celebrarse por ningún cristiano pues, es la fecha en la que grupos satánicos sacrifican a jóvenes y niños. No quiero asustar a nadie, todo el mundo es libre de creer lo que quiera, pero mis palabras deben ser tomadas en cuenta, por lo menos pido que me escuchen, razonen y decidan” –añade Kneer.
“Algunos, más ambiciosos, firman un pacto con el Diablo, y a cambio de riqueza y poder ofrecen su alma. Pagan un precio horrible, nunca llegan a tener paz y son brutalmente castigados, aun antes de la muerte”.

“A los jóvenes hay que ponerlos en guardia claramente”

Hasta hace pocos años los cristianos de EE.UU, no habían cuestionado la celebración de Halloween, pero la gran cantidad de niños infantes y gatos negros desaparecidos ha puesto en guardia a la población. El año pasado, sólo en una ciudad de Texas, se denunció la desaparición de más de 250 gatos negros en los días cercanos al de la celebración.

La historia que reproducimos es relatada en el libro “Más fuertes que el Mal”, del padre Gabriele Amorth y Roberto Italo Zaninio. En la época en que ocurrieron los acontecimientos, es decir, tres años antes de la narración, ella tenía 21 años y él 23. Nunca habían ido a una fiesta de Halloween “porque nos parecía algo estúpido, superficial”.

Los convenció de una manera del todo inesperada “un señor cortés y distinguido”, con quien se encontraban casi a diario en el bar donde toman el aperitivo. Con el transcurrir de los meses y de charlas ocasionales, este individuo se ganó la confianza de la pareja. Cuando los invita a una fiesta de Halloween deciden ir. Craso error. La dirección corresponde a una bella casa de campo. Son bien acogidos, pero todo les parece “un poco ridículo”. Los invitados, unos cincuenta, están con máscaras de brujas, vampiros o zombis. No hay otra iluminación sino la de algunas velas negras. Ellos dos son los únicos que están sin máscara y con la cara descubierta. Todavía no lo sabían, pero habían sido escogidos como víctimas de una misa negra.

Se sienten mal y quieren marcharse, pero tratan de acomodarse al ambiente. Comen y beben. “El señor distinguido del bar” les ofrece unas bebidas. En cierto momento se sienten impactados negativamente por la aparición súbita de un hombre vestido de negro “con una gran manto y un capuchón sobre el rostro. “Todos, menos nosotros, se pusieron de rodillas….a cada uno le impuso las manos mientras habían comenzado a hablar una lengua incomprensible…”

¿Quién era este personaje? ¿Un sacerdote de la iglesia de Satán, que hace sus veces, o el mismísimo Demonio? Ellos, que no conocen el mundo de lo oculto y juzgan como “meras fantasías e invenciones”, piensan que se encuentran ante “una especie de juego por la fiesta de Halloween”. Pero esta vez el deseo de marcharse se vuelve apremiante. “Vámonos”, dicen al unísono. Ambos tienen dolor de cabeza y se sienten débiles. Se dirigen a la puerta, pero la encuentran cerrada. Pierden el conocimiento.

Su suerte por la mañana es que todavía están vivos. Primero despertó el chico. Junto a él, la novia está completamente desnuda. En todo su cuerpo hay cortes, rasguños, moratones y diversas señales de abuso. La gran casa está vacía. En el hospital descubren que ella había sufrido abusos sexuales y que en la sangre de ambos corría ketamina (droga disociativa con potencial alucinógeno). Días después vuelve el chico a la casa de campo. El propietario es claro: si no queréis tener problemas, no ha sucedido nada, “para vosotros esa noche jamás existió”.

En los días siguientes la chica es perseguida con llamadas telefónicas anónimas, aterrorizada, ya no sale de casa. Naturalmente, el “señor distinguido” ha desaparecido. Se van a otra ciudad. Se casan. Se entrevistan con un periodista, que naturalmente les garantiza el anonimato, explican que han decidido contar su experiencia porque deben “dar a conocer, sobre todo a los jóvenes que piensan en estas fiestas como algo divertido, que precisamente en Halloween se hacen cosas horrendas. A los jóvenes hay que ponerlos en guardia claramente, ir sin miedo contra la corriente. Mi vida fue arruinada y llevo esas señales en el alma y en la mente”.

“Las misas negras–según Cristina Kneer– se ofician en el campo o en edificios cerrados fuertemente vigilados, y se inician con la invocación de Satán, que muchas veces no se presenta (otras sí) porque, a diferencia de Dios, no puede estar en todas partes. A mitad de la ceremonia son sacrificados animales, como gatos, perros e incluso niños, que antes de ser sacrificados, son violados para despojarlos de su pureza”.

Halloween no es una broma. Todos los años pasan cosas horrendas, como el episodio narrado, para conmemorarlo. Estos jóvenes tuvieron mucha suerte por no haber sido asesinados, aunque quizás no debamos llamarlo suerte sino protección de Dios, que no permitió que la cosa llegase a males peores.

Fuente: María Mensajera – Nº 368, Julio-Septiembre 2012. Autor: Juan Sánchez-Ventura

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